Al hablar de niñez, irremediablemente nuestros recuerdos nos transportan a aquella época cuando, después de la escuela, dedicábamos largas horas a brincar la cuerda, trazar carreteras sobre el suelo para la "meta", recrear batallas entre dos bandos enemigos o improvisar una casa para atender a las visitas, hacer la comida y cuidar a los "hijos".
En términos más o menos parecidos transcurrió la infancia de un gran número de generaciones que se caracterizaron por correr, saltar, subirse al patín del diablo o montarse en la bici; es decir, se trataba de niños activos.
Sin embargo, la actual revolución tecnológica ha impulsado nuevas versiones de juguetes que impiden que los niños continúen con este ritmo, llevándolos a pasar la mayor parte del tiempo frente a un monitor de televisión o de computadora.
Hoy en día, predominan los videojuegos, el software y la "diversión de alfombra", asegura Roberto Shimizu, creador del Museo del Juguete Antiguo México.
En México, el juguete más antiguo pertenece a la cultura olmeca: las nénetl (nenas) eran las muñecas de las nahuas.
Una máquina del tiempo en la Ciudad
Más de 10 mil piezas integran la colección de este espacio que abrió sus puertas al público recientemente. La muestra incluye artículos de finales del siglo XIX hasta principios de la década de los 80’s provenientes de México, Alemania, Japón, Estados Unidos, Francia y España.
Así, juguetes de aluminio, plástico, madera, caucho y tela dan vida a lo que podríamos llamar una máquina del tiempo ubicada en la ciudad más grande del mundo. "Comencé a coleccionar cuando tenía 10 años", explica Shimizu, arquitecto mexicano (1945) de ascendencia japonesa.
Para exhibir estos objetos eran necesarias más que simples vitrinas; es por esto que Shimizu y su equipo de trabajo elaboraron todo un hábitat a partir de materiales reciclajes.
Al entrar al Museo del Juguete Antiguo México nos encontramos con una rocola, una nave extraterrestre, un crisol, una despachadora de gasolina, un caleidoscopio, un extinguidor, un pupitre, una iglesia a escala y una caseta telefónica que hacen las veces de aparadores: los juguetes en su ambiente.
Como parte de la exhibición, Shimizi se dio a la tarea de reunir un carrito de helados, una bicicleta decorada al estilo de los 70s, un mini tren y la cabeza de una catarina perteneciente a un juego mecánico de Chapultepec, por decir algunos.
Mención aparte merece el gusto del arquitecto por la Lucha Libre. Dentro del museo abundan pequeños luchadores de plástico, cuadriláteros de metal, reproducciones de máscaras y un traje original del Santo. "Cuando la televisión llegó a México, el único deporte que se televisaba eran las luchas y todos los niños nos emocionábamos con las aventuras de nuestro ídolo, El Santo".
Para algunos, visitar el Museo del Juguete Antiguo México es una excelente oportunidad para revivir su pasado; mientras que a los más jóvenes les permite conocer cómo se jugaba antes de la era virtual.
Redacción EL UNIVERSAL